
Enfrentados a la escena inicial de “Las Criadas” de Genet, y luego de unos minutos de desorientación cuidadosamente programados por el autor y el elenco, el espectador se abre paso a un mundo secundario, desarrollado a las espaldas de cada uno de nosotros, donde las personas, a pesar de un aspecto humano común, no comparten más que la forma, el exterior, las manos, los rostros, pero no el lenguaje ni la expresión. La opresión de las criadas es vista como caridad por la señora. La subordinación por un sueldo de las criadas es vista como una amarga relación filial por la señora. La reflexión va en cada uno, en el comentario a las espaldas del jefe, en la forma en que el infiel mira a su pareja o como el chofer se queda con las monedas de los que dejó pasar. Lo que provocamos en los otros sin darnos cuenta. En lo que pasa en nuestra casa, cuando nosotros no estamos ahí.
“SOLANGE. —¿Su bondad? Es fácil ser buena y risueña y dulce... Su dulzura. ¡Cuando se es guapa y rica! ¡Pero ser buena cuando se es criada! Una se contenta con pavonearse mientras hace la limpieza o friega la loza. Se blande un plumero como si fuera un abanico. Se hacen ademanes finos con la bayeta. O como tú, una va por la noche a pagarse el lujo de un desfile histórico en los aposentos de los señores.”
CLARA (que ha quedado sola). —Porque la señora es buena, la señora esguapa, la señora es dulce. Pero no somos unas ingratas. Y todas las noches en nuestras buhardillas, como lo ordena claramente la señora, rezamos por ella. Nunca levantamos la voz. Y en su presencia ni siquiera nos atrevemos a tutearnos. ¡Así es como la señora nos mata con su dulzura! Con su bondad la señora nos envenena. Porque, ¡la señora es buena, la señora es guapa, la señora es dulce! Nos permite tomar un baño todos los domingos en su propia bañera. A veces nos tiende una peladilla. Nos inunda de flores marchitas. La señora nos prepara las tisanas. La señora nos habla del señor hasta darnos celos. Porque, ¡la señora es buena, la señora es guapa, la señora es dulce!
CLARA. (imitando a la Señora).—Odio a los criados. Odio su casta odiosa y ruin. Los criados no pertenecen a la humanidad, se infiltran. Son una exhalación que se estanca en nuestras habitaciones, en nuestros corredores, que nos cala, que nos entra por la boca, que nos corrompe. De verla, me entran ganas de vomitar. Sé que son necesarios como los sepultureros, como los poceros, como los policías. Toda esta gentuza es fétida, no obstante.
